El último gran esfuerzo que hizo, a pesar del cansancio y del acecho de una enfermedad que desconocía y la invadía por dentro, hizo el esfuerzo de preparar el almuerzo para la celebración de mi cumpleaños.
Ha pasado un año. Un año desde que, como lo predijeron los Mayas para el 2012, el mundo se acabó, al menos como lo conocíamos, terminó. Simple, pero trascendental: ella no está.
Cómo entender este nuevo mundo, sin tu mejor amiga, sin tu confidente, sin tu consejera, sin tu cómplice, sin tu mano derecha en muchos sentidos...
Ahora mismo, pasan por mi mente miles de imágenes sensaciones, silencios, miradas y, sobre todo, un gran sentimiento de impotencia porque frente a la muerte no hay remedio, no hay atajos, no hay frenos.
No obstante, se mezcla la certidumbre de sentirla viva, de sentirla parte de mí. Es curioso como la reconozco en muchas ocasiones mientras, de manera distraída, me miro en el espejo. Me sorprende también, cuando hablo y utilizo alguna expresión particular y alguien me dice que soy igual a ella, que es increíble el parecido.
Ahí está, sigue presente, acompañándonos.
En vida tuvo la capacidad de sembrar amor y hasta el día del hoy los frutos de esa cosecha nos acompañan porque nos reunimos, nos queremos, nos mantenemos unidos como familia sintiendo cómo ella, con sus costumbres, sus atenciones y la manera como nos educó, continúa desplegando su cariño y ayudándonos a recordarla en los grandes y pequeños rituales que se convirtieron en las maneras de hacernos suyos y nuestros.