La semana pasada, unos amigos muy queridos, nos enviaron la foto del primer día de colegio de su pequeña hija de 2 años y medio y nos contaron su experiencia como padres. Mientras ella se quedaba feliz de la mano de su profesora, ellos partían con lágrimas en los ojos y el corazón partido por dejarla sola allí.
Definitivamente el tiempo pasa rápido y los hijos lo hacen más evidente. Parece increíble cómo su vida toma un rumbo independiente, en el que cada paso les permite tener experiencias propias e ir construyendo su vida particular y única.
Desde hoy empiezo a hacerme a la idea de que aunque todavía están en mi vientre, mis dos hijos son seres independientes, a quienes -como padres- ayudaremos a tener una vida feliz y satisfactoria y tendremos el placer de verlos crecer. Claro que se trata de un proceso de total interacción, donde tendremos una gran responsabilidad… pero ojalá sin que perdamos de vista que ellos, al igual que nosotros, tomarán sus propias decisiones, serán autónomos, construirán su propia vida, escogerán su propia pareja, serán ellos mismos…
Creo que puedo ponerme en el lugar de mis amigos, en el paso que significa para su hija y para ellos dejarla sola en el colegio. Me imagino perfectamente el taco en la garganta y también las lágrimas que derramaron sin que ella los viera, por supuesto, para darle valor y que siguiera con su carita feliz para el cole. Estoy segura que llegado el momento me pasará lo mismo, pero lo positivo de toda la situación es que podremos ser testigos de ese maravilloso proceso que significa crecer.
El primer día de colegio es un gran reto para los padres y también para los niños porque se abre el mundo familiar, el íntimo al mundo externo. Sólo espero que la satisfacción de ver a los hijos progresar, escuchar cómo te explican lo que aprenden, entender cómo hacen sus deberes y descubrir cómo empiezan a hacerse un espacio en su entorno, compense un poco esa pérdida que significa no ser todo en su mundo.
Quiero crear un juego para la memoria, recogiendo y compartiendo experiencias e ideas para construir montoncitos de historias... porque creo que la vida es lo que recordamos de ella: sentimientos, anécdotas, pensamientos, sensaciones... ligados a un momento determinado de nuestra existencia. Reflexiones diversas ahora que estoy a punto de ser madre de mellizos; que he vivido por fuera de mi tierra natal cerca de cuatro años y pienso en el regreso.
martes, 28 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
Una ciudad con mar
Es cierto que, por estos días, la llegada del verano está llena de contrastes. Por un lado, la emoción de ver las caras felices de la gente, usando ropa cómoda y ligera con colores vivos y brillantes, la posibilidad de disfrutar de días que se prolongan con su luz más allá de las 9:30 p.m... Por el otro, el agobio del calor, el sudor que no para de correr, la humedad típica de Barcelona, los olores pesados y desagradables que transitan por los vagones del metro y, sobre todo, por sus ocupantes… pero por encima de todo esto lo más maravilloso es poder ver el mar, disfrutar de él, bañarse en él, saberlo cerca y estar a menos de 5 ó 10 minutos de sus playas.
Soy de una ciudad del interior de Colombia, rodeada de montañas que está a unos 800 kilómetros de distancia del mar, por lo que cualquier plan relacionado con la costa y la playa casi siempre está ligado a las vacaciones, a un largo viaje en coche o un costoso billete en avión; a una inversión importante, a un corto periodo de tiempo -una semana por lo general-. En definitiva, a un lujo que no siempre te puedes permitir.
Por todo ello, vivir ahora en una ciudad con mar es un privilegio maravilloso que le ha agregado un gran valor a la estancia en Barcelona y que, sin duda, será una de las cosas que más extrañaré cuando vuelva a mi tierra. Además, porque trabajo en la octava planta de un edificio construido a orillas del mar que todos los días me recibe con una vista única del mar y de la ciudad con todos sus contrastes.
Barcelona tiene la particularidad de tener dos tipos de playas. Una mas “tipo Caribe”, con arenas finas, amplias playas, un mar poco profundo, pero con olas divertidas. Hacia el otro lado, está la Costa Brava, un bello lugar con un mar que cuando te sumerges en él inmediatamente se hunde y no tocas el fondo, con arenas gruesas que te quitas fácilmente del cuerpo y con bellos paisajes costeros contrastados con montañas rocosas y zonas verdes.
Creo que no ha habido ocasión en la que vayamos a la playa con nuestros amados vecinos catalanes, en la que mi marido no les diga lo afortunados que son por vivir en esta bella ciudad, tan diversa y con tantas posibilidades, porque además en invierno la nieve y las pistas de esquí están a una hora de distancia, más o menos.
Ahora, aunque mi barriga está inmensa, estoy disfrutando igualmente de la playa y del mar porque sé que es nuestro último verano en Barcelona –al menos en las condiciones que tenemos ahora-, porque al meterme al mar me siento ligera como si no cargara a dos pececitos que navegan en mi vientre y porque no quiero dejar de sentir el amado Mediterráneo de Serrat, el mar que será la referencia del lugar donde nacerán mis hijos.
Una nostalgia azul me embarga, aunque me dispongo a planear un nuevo fin de semana en la playa porque hay que disfrutar hasta el último segundo y sentir cómo me fundo con este inmenso y hermoso paisaje azul.
Soy de una ciudad del interior de Colombia, rodeada de montañas que está a unos 800 kilómetros de distancia del mar, por lo que cualquier plan relacionado con la costa y la playa casi siempre está ligado a las vacaciones, a un largo viaje en coche o un costoso billete en avión; a una inversión importante, a un corto periodo de tiempo -una semana por lo general-. En definitiva, a un lujo que no siempre te puedes permitir.
Por todo ello, vivir ahora en una ciudad con mar es un privilegio maravilloso que le ha agregado un gran valor a la estancia en Barcelona y que, sin duda, será una de las cosas que más extrañaré cuando vuelva a mi tierra. Además, porque trabajo en la octava planta de un edificio construido a orillas del mar que todos los días me recibe con una vista única del mar y de la ciudad con todos sus contrastes.
Barcelona tiene la particularidad de tener dos tipos de playas. Una mas “tipo Caribe”, con arenas finas, amplias playas, un mar poco profundo, pero con olas divertidas. Hacia el otro lado, está la Costa Brava, un bello lugar con un mar que cuando te sumerges en él inmediatamente se hunde y no tocas el fondo, con arenas gruesas que te quitas fácilmente del cuerpo y con bellos paisajes costeros contrastados con montañas rocosas y zonas verdes.
Creo que no ha habido ocasión en la que vayamos a la playa con nuestros amados vecinos catalanes, en la que mi marido no les diga lo afortunados que son por vivir en esta bella ciudad, tan diversa y con tantas posibilidades, porque además en invierno la nieve y las pistas de esquí están a una hora de distancia, más o menos.
Ahora, aunque mi barriga está inmensa, estoy disfrutando igualmente de la playa y del mar porque sé que es nuestro último verano en Barcelona –al menos en las condiciones que tenemos ahora-, porque al meterme al mar me siento ligera como si no cargara a dos pececitos que navegan en mi vientre y porque no quiero dejar de sentir el amado Mediterráneo de Serrat, el mar que será la referencia del lugar donde nacerán mis hijos.
Una nostalgia azul me embarga, aunque me dispongo a planear un nuevo fin de semana en la playa porque hay que disfrutar hasta el último segundo y sentir cómo me fundo con este inmenso y hermoso paisaje azul.
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miércoles, 8 de julio de 2009
Lo que significa compartir una doble noticia
Cuando tenía un mes de embarazo, les contamos a nuestras familias y amigos más cercanos que seríamos padres. Compartir la noticia fue algo emocionante y sorprendente porque quienes nos conocen sabían que necesitábamos mucho tiempo para decidirnos por la paternidad, dado que queríamos finalizar varios proyectos personales, deseábamos viajar y disfrutar al máximo de nuestra vida en pareja, y anhelábamos tener tiempo y dinero para asumir un proyecto tan enorme (tanto el tiempo como el dinero siguen pendientes, pero… ésta es la vida).
Tanto los abuelos, como los tíos, primos y demás se unieron a la alegría del embarazo y empezaron a soñar con el nacimiento del bebé y con el momento del reencuentro, porque hoy vivimos en Barcelona y nuestras familias están en Colombia – a unos 9000 kilómetros de distancia.
Cuando tuvimos la primera ecografía, a la semana 12, la noticia con la que nos recibieron y que mi marido intuyó inmediatamente después de darle una mirada a las primeras imágenes que aparecían en la pantalla, fue que se trataba de un embarazo doble, dos bebés, mellizos.
En un segundo, miles de historias y pensamientos pasan por la mente. Personalmente, me invadió un ataque de risa nerviosa que era una mezcla de emoción, incredulidad y felicidad. _ ¿En serio? Le preguntamos a la doctora, pero ella de inmediato nos ratificó la noticia. Era cierto. Estábamos esperando dos bebés.
En cuestión de minutos repasas tus antecedentes familiares, miras tu situación económica y personal, revisas tus planes para la llegada de los bebés, le das una mirada cómplice a tu pareja, agarras su mano y, finalmente, sonríes… porque luego tu atención se centra en las imágenes dobles que aparecen en la pantalla. Los vimos a los dos, tan activos en el vientre, moviéndose a placer en el amplio espacio que todavía tenían, tan vivos, tan increíblemente vivos… que te dejas contagiar por su vitalidad y su energía y te olvidas de todo lo demás.
Luego compartimos la noticia con nuestras familias. Fue una extraña mezcla de reacciones, incluso más fuertes que las que vivimos nosotros como padres. Casi todos pensaban que se trataba de una broma, otros entraron en shock, otros no pudieron desatar palabra, algunos se preocuparon enormemente por nosotros y por estar tan lejos para brindarnos su ayuda… pero una vez superado el impacto inicial la felicidad se hizo contagiosa. Una maravilla: un solo embarazo, dos hijos, la posibilidad de crecer en paralelo con un hermano, el privilegio de ser los primeros nietos de ambas familias, dos pequeños para consentir y mimar. Ah! y para acabar de completar la felicidad, en la semana 20, la nueva ecografía nos permitió ver claramente que se trata de un niño y una niña. Mejor no podía ser.
Cuando compartes una noticia como éstas, las historias, consejos y predicciones empiezan a aflorar de todos lados: la carga tan pesada que soportaremos, lo difícil que es atender a dos bebés al tiempo, las pocas horas que dormiremos, lo duro que será todo este proceso, los kilos que perderemos, la locura que significará su llegada, las ventajas de que sean niño y niña...
Creo que aunque esta aventura apenas empieza, será única y diferente a todas las demás. Desde ya sentimos que todo es doblemente positivo y que esa es la actitud que debemos mantener. Por supuesto que sabemos que al principio será difícil atender las necesidades de dos pequeños que demandan toda nuestra atención y cuidados durante 24 horas, que será duro dar el pecho a dos bebés, que extrañaremos las largas horas de sueño y que estaremos muy cansados, pero estamos tan contentos, disponemos de tanta energía y tenemos la convicción de que todo saldrá bien, que estamos seguros de que seremos capaces de salir adelante con felicidad, entusiasmo y valentía.
Definitivamente este embarazo es un milagro doble y en múltiples sentidos y eso ya lo convierte en la mejor noticia del mundo, sobre todo porque podemos vivirla en primera persona.
Tanto los abuelos, como los tíos, primos y demás se unieron a la alegría del embarazo y empezaron a soñar con el nacimiento del bebé y con el momento del reencuentro, porque hoy vivimos en Barcelona y nuestras familias están en Colombia – a unos 9000 kilómetros de distancia.
Cuando tuvimos la primera ecografía, a la semana 12, la noticia con la que nos recibieron y que mi marido intuyó inmediatamente después de darle una mirada a las primeras imágenes que aparecían en la pantalla, fue que se trataba de un embarazo doble, dos bebés, mellizos.
En un segundo, miles de historias y pensamientos pasan por la mente. Personalmente, me invadió un ataque de risa nerviosa que era una mezcla de emoción, incredulidad y felicidad. _ ¿En serio? Le preguntamos a la doctora, pero ella de inmediato nos ratificó la noticia. Era cierto. Estábamos esperando dos bebés.
En cuestión de minutos repasas tus antecedentes familiares, miras tu situación económica y personal, revisas tus planes para la llegada de los bebés, le das una mirada cómplice a tu pareja, agarras su mano y, finalmente, sonríes… porque luego tu atención se centra en las imágenes dobles que aparecen en la pantalla. Los vimos a los dos, tan activos en el vientre, moviéndose a placer en el amplio espacio que todavía tenían, tan vivos, tan increíblemente vivos… que te dejas contagiar por su vitalidad y su energía y te olvidas de todo lo demás.
Luego compartimos la noticia con nuestras familias. Fue una extraña mezcla de reacciones, incluso más fuertes que las que vivimos nosotros como padres. Casi todos pensaban que se trataba de una broma, otros entraron en shock, otros no pudieron desatar palabra, algunos se preocuparon enormemente por nosotros y por estar tan lejos para brindarnos su ayuda… pero una vez superado el impacto inicial la felicidad se hizo contagiosa. Una maravilla: un solo embarazo, dos hijos, la posibilidad de crecer en paralelo con un hermano, el privilegio de ser los primeros nietos de ambas familias, dos pequeños para consentir y mimar. Ah! y para acabar de completar la felicidad, en la semana 20, la nueva ecografía nos permitió ver claramente que se trata de un niño y una niña. Mejor no podía ser.
Cuando compartes una noticia como éstas, las historias, consejos y predicciones empiezan a aflorar de todos lados: la carga tan pesada que soportaremos, lo difícil que es atender a dos bebés al tiempo, las pocas horas que dormiremos, lo duro que será todo este proceso, los kilos que perderemos, la locura que significará su llegada, las ventajas de que sean niño y niña...
Creo que aunque esta aventura apenas empieza, será única y diferente a todas las demás. Desde ya sentimos que todo es doblemente positivo y que esa es la actitud que debemos mantener. Por supuesto que sabemos que al principio será difícil atender las necesidades de dos pequeños que demandan toda nuestra atención y cuidados durante 24 horas, que será duro dar el pecho a dos bebés, que extrañaremos las largas horas de sueño y que estaremos muy cansados, pero estamos tan contentos, disponemos de tanta energía y tenemos la convicción de que todo saldrá bien, que estamos seguros de que seremos capaces de salir adelante con felicidad, entusiasmo y valentía.
Definitivamente este embarazo es un milagro doble y en múltiples sentidos y eso ya lo convierte en la mejor noticia del mundo, sobre todo porque podemos vivirla en primera persona.
lunes, 6 de julio de 2009
Ser o no ser madre, he ahí el dilema
Cuando miras cómo evoluciona el mundo, cómo cambian los valores de los niños y de los jóvenes, cuando te miras a ti misma -con tus defectos y virtudes- no puedes dejar de preguntarte si el mundo necesita estar más poblado, si el futuro será prometedor para las nuevas generaciones e, incluso, si estás preparada para ser una buena madre.
La verdad es que existen diferentes respuestas para cada una de las preguntas, pero hay una en particular que depende de ti, la última. Durante mucho tiempo me pregunté si a la hora de ser madre podría convertirme en una buena madre. Mi pareja tenía clara la opción de la paternidad, pero yo, en cambio, no dejaba de cuestionarme todo el tiempo esta opción.
Vemos tantos casos de niños que están descuidados, a los que les falta amor, para los que sus padres no tienen tiempo, que crecen sólo con la compañía de los abuelos o de alguna empleada e incluso vemos tantos jóvenes y adultos infelices y solitarios cuyas familias se han roto, los han dejado solos y nadie se preocupa por ellos (ni ellos mismos siquiera)…
Cuando tienes la posibilidad de construir un proyecto de pareja y de tomarte el tiempo para tomar concienzudamente todas las decisiones que tienen que ver con él, el caso de la familia y de los hijos hacen parte de muchas de las conversaciones y los planes compartidos. Dialogar abiertamente sobre este tema exponiendo las dudas, temores e ilusiones que te plantea la posibilidad de asumir la paternidad, es fundamental y básico.
Sin embargo, escuchar y aprender de la experiencia ajena siempre me ha parecido interesante. Por eso, alguna vez, le pregunté a un gran amigo, experimentado en la materia, qué pensaba sobre mis cuestionamientos, sobre mis dudas de convertirme en madre, de optar o no por la maternidad y él, a lo largo de seis interesantes y profundas páginas me planteó una serie de reflexiones y puntos de vista desde donde se podría abordar esa cuestión.
Recuerdo que me dijo que no hay una única respuesta, que depende de muchos factores (el proyecto de vida personal y de pareja, antecedentes genéticos, nuestra educación y valores, la capacidad económica, nuestros sueños…) y que sea cual sea la opción que tomemos debemos ser concientes de que se trata de una decisión que tiene consecuencias a larguísimo plazo (más de 20 ó 25 años, como mínimo) en diferentes aspectos de la vida y que es importante tener claro qué estamos dispuestos a ganar y perder en el proceso, saber que cuando nace un hijo nace una madre y también un padre (con todo lo que esto implica para la pareja, para la mujer), que para nadie es desconocido que en todo nuestro planeta termina siendo la madre la mayor responsable -real- de la crianza de los hijos, aún cuando los padres varones participen activamente…
Después de años de pensarlo muchísimo personalmente y de discutirlo con amplitud y paciencia con mi pareja, optamos por la paternidad y hoy estamos a las puertas de que sea más tangible el hecho de ser padres porque nuestros mellizos nacerán en menos de tres meses.
Por mi parte, estoy feliz con la decisión aunque respeto (y entiendo) profundamente a quienes deciden no tener hijos, pero cuando siento cómo se mueven en mi vientre, lo mucho que he disfrutado del embarazo porque ha sido buenísimo (con mucha salud y energía) y cuando sueño cómo serán los pequeños, las ilusiones, el amor y la felicidad no paran de crecer en mí.
Como pareja, sabemos que incluso hoy no tenemos todas las respuestas ni todas las certidumbres, pero lo que si tenemos claro es que vamos juntos en este gran proyecto y que estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos para ser los mejores padres que podemos ser. Sabemos que tenemos mucho amor que dar y que, sobre todo, intentaremos que nuestros hijos estén satisfechos de sí mismos y sean felices.
La aventura apenas comienza, aquí vamos…
La verdad es que existen diferentes respuestas para cada una de las preguntas, pero hay una en particular que depende de ti, la última. Durante mucho tiempo me pregunté si a la hora de ser madre podría convertirme en una buena madre. Mi pareja tenía clara la opción de la paternidad, pero yo, en cambio, no dejaba de cuestionarme todo el tiempo esta opción.
Vemos tantos casos de niños que están descuidados, a los que les falta amor, para los que sus padres no tienen tiempo, que crecen sólo con la compañía de los abuelos o de alguna empleada e incluso vemos tantos jóvenes y adultos infelices y solitarios cuyas familias se han roto, los han dejado solos y nadie se preocupa por ellos (ni ellos mismos siquiera)…
Cuando tienes la posibilidad de construir un proyecto de pareja y de tomarte el tiempo para tomar concienzudamente todas las decisiones que tienen que ver con él, el caso de la familia y de los hijos hacen parte de muchas de las conversaciones y los planes compartidos. Dialogar abiertamente sobre este tema exponiendo las dudas, temores e ilusiones que te plantea la posibilidad de asumir la paternidad, es fundamental y básico.
Sin embargo, escuchar y aprender de la experiencia ajena siempre me ha parecido interesante. Por eso, alguna vez, le pregunté a un gran amigo, experimentado en la materia, qué pensaba sobre mis cuestionamientos, sobre mis dudas de convertirme en madre, de optar o no por la maternidad y él, a lo largo de seis interesantes y profundas páginas me planteó una serie de reflexiones y puntos de vista desde donde se podría abordar esa cuestión.
Recuerdo que me dijo que no hay una única respuesta, que depende de muchos factores (el proyecto de vida personal y de pareja, antecedentes genéticos, nuestra educación y valores, la capacidad económica, nuestros sueños…) y que sea cual sea la opción que tomemos debemos ser concientes de que se trata de una decisión que tiene consecuencias a larguísimo plazo (más de 20 ó 25 años, como mínimo) en diferentes aspectos de la vida y que es importante tener claro qué estamos dispuestos a ganar y perder en el proceso, saber que cuando nace un hijo nace una madre y también un padre (con todo lo que esto implica para la pareja, para la mujer), que para nadie es desconocido que en todo nuestro planeta termina siendo la madre la mayor responsable -real- de la crianza de los hijos, aún cuando los padres varones participen activamente…
Después de años de pensarlo muchísimo personalmente y de discutirlo con amplitud y paciencia con mi pareja, optamos por la paternidad y hoy estamos a las puertas de que sea más tangible el hecho de ser padres porque nuestros mellizos nacerán en menos de tres meses.
Por mi parte, estoy feliz con la decisión aunque respeto (y entiendo) profundamente a quienes deciden no tener hijos, pero cuando siento cómo se mueven en mi vientre, lo mucho que he disfrutado del embarazo porque ha sido buenísimo (con mucha salud y energía) y cuando sueño cómo serán los pequeños, las ilusiones, el amor y la felicidad no paran de crecer en mí.
Como pareja, sabemos que incluso hoy no tenemos todas las respuestas ni todas las certidumbres, pero lo que si tenemos claro es que vamos juntos en este gran proyecto y que estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos para ser los mejores padres que podemos ser. Sabemos que tenemos mucho amor que dar y que, sobre todo, intentaremos que nuestros hijos estén satisfechos de sí mismos y sean felices.
La aventura apenas comienza, aquí vamos…
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jueves, 2 de julio de 2009
La nostalgia antes de partir
El tiempo pasa rápido, no es ninguna novedad, y es algo que repetimos constantemente porque nos percatamos de que se escapa, se esfuma, corre y nosotros volamos con él, a veces sintiéndolo pasar y otras sin darnos cuenta.
Mi esposo y yo llevamos 3 años y medio viviendo en Barcelona. Vinimos porque queríamos estudiar y tener la oportunidad de vivir en primera persona lo que significa estar fuera de tu país, convivir con otra cultura, aprender de ella, conocer otros paisajes y otras formas de ver el mundo.
El tiempo se acaba o no… pero en menos de seis meses volveremos a nuestra amada Colombia para estar cerca de nuestras familias, retomar nuestras carreras profesionales, echar raíces (eso queremos) y hacernos a un sitio propio, un lugar que podamos llamar nuestro para compartirlo con nuestros dos hijos que están por nacer.
Mi mente y mis planes están en ambos lugares. Aquí, en Barcelona porque quiero disfrutar al máximo de este tiempo, de este último verano, de sus hermosos y contrastados paisajes y rincones, pero también en Colombia porque debemos organizar todos los detalles del retorno.
Ayer viendo la película “Un toque de canela” me conmovió muchísimo una escena en la que el protagonista, Fanis, después de 35 años de ausencia vuelve a su Estambul natal y se enfrenta a la pregunta de quien ha sido el amor de su vida (adapto el texto, según lo recuerdo):
“Ella: _ ¿Por qué durante todos estos años jamás regresaste?
Fanis: _Tenía miedo
Ella: _ ¿Miedo de qué?
Fanis: _Del momento en el que tendría que volver a partir”.
Por más que quise evitarlo mis lágrimas fluyeron porque empecé a sentir oprimido mi corazón al empezar a extrañar este tiempo en Barcelona que se ha convertido en una etapa única en mi vida: La culminación de un sueño, los primeros años de matrimonio, el lugar donde nacerán mis hijos, el encuentro de una nueva familia –adoptiva, pero que ya es propia-, la escritura de un capítulo de la existencia que no pesará en el alma porque quise hacerla realidad y lo logré…
No me he ido, el tiempo se escapa de las manos y ya echo de menos Barcelona y todo lo que significa para mí, para mi esposo, para mi vida. Me aferro a estos meses para prolongar la experiencia que ha significado poder vivir con intensidad y satisfacción a más de 8 mil kilómetros de la tierra natal.
Y desde ya pienso, cuándo volveremos...
Mi esposo y yo llevamos 3 años y medio viviendo en Barcelona. Vinimos porque queríamos estudiar y tener la oportunidad de vivir en primera persona lo que significa estar fuera de tu país, convivir con otra cultura, aprender de ella, conocer otros paisajes y otras formas de ver el mundo.
El tiempo se acaba o no… pero en menos de seis meses volveremos a nuestra amada Colombia para estar cerca de nuestras familias, retomar nuestras carreras profesionales, echar raíces (eso queremos) y hacernos a un sitio propio, un lugar que podamos llamar nuestro para compartirlo con nuestros dos hijos que están por nacer.
Mi mente y mis planes están en ambos lugares. Aquí, en Barcelona porque quiero disfrutar al máximo de este tiempo, de este último verano, de sus hermosos y contrastados paisajes y rincones, pero también en Colombia porque debemos organizar todos los detalles del retorno.
Ayer viendo la película “Un toque de canela” me conmovió muchísimo una escena en la que el protagonista, Fanis, después de 35 años de ausencia vuelve a su Estambul natal y se enfrenta a la pregunta de quien ha sido el amor de su vida (adapto el texto, según lo recuerdo):
“Ella: _ ¿Por qué durante todos estos años jamás regresaste?
Fanis: _Tenía miedo
Ella: _ ¿Miedo de qué?
Fanis: _Del momento en el que tendría que volver a partir”.
Por más que quise evitarlo mis lágrimas fluyeron porque empecé a sentir oprimido mi corazón al empezar a extrañar este tiempo en Barcelona que se ha convertido en una etapa única en mi vida: La culminación de un sueño, los primeros años de matrimonio, el lugar donde nacerán mis hijos, el encuentro de una nueva familia –adoptiva, pero que ya es propia-, la escritura de un capítulo de la existencia que no pesará en el alma porque quise hacerla realidad y lo logré…
No me he ido, el tiempo se escapa de las manos y ya echo de menos Barcelona y todo lo que significa para mí, para mi esposo, para mi vida. Me aferro a estos meses para prolongar la experiencia que ha significado poder vivir con intensidad y satisfacción a más de 8 mil kilómetros de la tierra natal.
Y desde ya pienso, cuándo volveremos...
miércoles, 1 de julio de 2009
“Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de la espera”
Esta es una cita de un poema de Borges llamado Laberinto. Todavía no logró saber por qué en medio de tantos poemas, de tantas letras vi esta maravillosa frase, la copié, la amplié y sigue siendo parte de mi vida porque me marcó para siempre. Incluso, ahora, se la doy a aquellos amigos solitarios que esperan o buscan a alguien.
Siempre me ha parecido que el amor es un milagro, una impresionante conspiración del universo que te permite coincidir con alguien en un momento, espacio y situación determinados para vivir una experiencia, un sentimiento, una relación.
El amor es posible siempre, prolifera a donde quiera que vayamos, pero es difícil coincidir. Cuántas veces nos ha pasado en la vida que alguien nos quiere, como soñamos, pero no estamos preparados para recibir, compartir y darle amor, bien sea porque: estamos con otra persona, tenemos la firme e irrevocable resolución de tomarnos un tiempo para estar solos, hemos hecho planes previos que nos impiden quedarnos a vivir ese amor o simplemente no sentimos lo mismo y no podemos corresponderle…
Muchas veces en mi vida me pasó. Viví aventuras de diferentes tipos, quise a personas en momentos oportunos e inoportunos, pude vivir amores a plenitud, amores a escondidas, amores no correspondidos, amores que quedaron aplazados en el tiempo para cuando fuera su momento y ese momento nunca llegó.
Con el tiempo encontré y descubrí que vale la pena arriesgarse por lo que quieres, pero que ese riesgo debe ser compartido por las dos personas, ambos tienen que estar dispuestos a vivir la aventura, porque si no es así al final de cuentas el amor no sobrevive y el corazón queda un poco resentido, triste, angustiado, culpable y solitario.
Soy una romántica sin remedio y un poco cursi, lo sé, y algún día después de ver “Novia fugitiva” terminé llorando desconsolada sin entender muy bien la razón, porque finalmente los protagonistas fueron felices y comieron perdices. Analicé la situación y mi tristeza, cogí un papel y escribí en él, sin parar, lo que quería: la relación que deseaba, el tipo de hombre con el que gustaría compartir mi vida, sus valores, sus detalles, todo lo que deseaba desde el corazón. El papel lo dejé en algún lugar de mis cosas y sólo volví a mirarlo unos años después… pero me sirvió para lanzar mis deseos al universo y esperar a que éste conspirara para que se hicieran realidad.
Algún día, me encontré con un loquillo, rockero, simpático, medio hippie e idealista que me habló del azul, de sus canciones, de sus historias. En un principio no pude verlo con claridad, me costó quitarme los prejuicios y ver la persona que era. El hombre que había descrito en mi papel.
Al cabo de tres meses de conversaciones, historias, de mirar en sus ojos verdes, de escuchar su forma de ver el mundo y expresar su verdad y de que me extendiera su mano para que la tomara o la dejara porque ya no aguantaba más y quería dejar de ser mi amigo para “tener algo conmigo”, me lancé titubeando y con dudas a la aventura de construir una historia a su lado.
Con el paso de los días comprendí que la espera había terminado. Él buscaba a alguien como yo, yo buscaba a alguien como él y Borges tenía razón. En algún lugar, tiempo y espacio hay alguien que espera encontrar a alguien como nosotros, alguien que nos busca y que talvez nos encuentre. Yo encontré mi ángel azul, me costó verlo, pero ahí estaba, dispuesto a arriesgarse y a volar conmigo.
Han pasado más de nueve años y sabemos que la espera terminó para los dos, nos encontramos y cada día disfrutamos de ese encuentro.
Es un milagro, pero los milagros existen y puede que para tantos solitarios que hay en el mundo, la espera esté a punto de terminar.
Siempre me ha parecido que el amor es un milagro, una impresionante conspiración del universo que te permite coincidir con alguien en un momento, espacio y situación determinados para vivir una experiencia, un sentimiento, una relación.
El amor es posible siempre, prolifera a donde quiera que vayamos, pero es difícil coincidir. Cuántas veces nos ha pasado en la vida que alguien nos quiere, como soñamos, pero no estamos preparados para recibir, compartir y darle amor, bien sea porque: estamos con otra persona, tenemos la firme e irrevocable resolución de tomarnos un tiempo para estar solos, hemos hecho planes previos que nos impiden quedarnos a vivir ese amor o simplemente no sentimos lo mismo y no podemos corresponderle…
Muchas veces en mi vida me pasó. Viví aventuras de diferentes tipos, quise a personas en momentos oportunos e inoportunos, pude vivir amores a plenitud, amores a escondidas, amores no correspondidos, amores que quedaron aplazados en el tiempo para cuando fuera su momento y ese momento nunca llegó.
Con el tiempo encontré y descubrí que vale la pena arriesgarse por lo que quieres, pero que ese riesgo debe ser compartido por las dos personas, ambos tienen que estar dispuestos a vivir la aventura, porque si no es así al final de cuentas el amor no sobrevive y el corazón queda un poco resentido, triste, angustiado, culpable y solitario.
Soy una romántica sin remedio y un poco cursi, lo sé, y algún día después de ver “Novia fugitiva” terminé llorando desconsolada sin entender muy bien la razón, porque finalmente los protagonistas fueron felices y comieron perdices. Analicé la situación y mi tristeza, cogí un papel y escribí en él, sin parar, lo que quería: la relación que deseaba, el tipo de hombre con el que gustaría compartir mi vida, sus valores, sus detalles, todo lo que deseaba desde el corazón. El papel lo dejé en algún lugar de mis cosas y sólo volví a mirarlo unos años después… pero me sirvió para lanzar mis deseos al universo y esperar a que éste conspirara para que se hicieran realidad.
Algún día, me encontré con un loquillo, rockero, simpático, medio hippie e idealista que me habló del azul, de sus canciones, de sus historias. En un principio no pude verlo con claridad, me costó quitarme los prejuicios y ver la persona que era. El hombre que había descrito en mi papel.
Al cabo de tres meses de conversaciones, historias, de mirar en sus ojos verdes, de escuchar su forma de ver el mundo y expresar su verdad y de que me extendiera su mano para que la tomara o la dejara porque ya no aguantaba más y quería dejar de ser mi amigo para “tener algo conmigo”, me lancé titubeando y con dudas a la aventura de construir una historia a su lado.
Con el paso de los días comprendí que la espera había terminado. Él buscaba a alguien como yo, yo buscaba a alguien como él y Borges tenía razón. En algún lugar, tiempo y espacio hay alguien que espera encontrar a alguien como nosotros, alguien que nos busca y que talvez nos encuentre. Yo encontré mi ángel azul, me costó verlo, pero ahí estaba, dispuesto a arriesgarse y a volar conmigo.
Han pasado más de nueve años y sabemos que la espera terminó para los dos, nos encontramos y cada día disfrutamos de ese encuentro.
Es un milagro, pero los milagros existen y puede que para tantos solitarios que hay en el mundo, la espera esté a punto de terminar.
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