sábado, 29 de agosto de 2009

La familia (I)

Tengo la gran fortuna de hacer parte de una familia a la que amo con todo mi corazón y de la que me siento muy orgullosa. Aunque parezca extraño, en los tiempos que corren, mis padres llevan más de 36 años de casados y se adoran, se han esforzado por darnos siempre un buen ejemplo y nos han brindado su amor y apoyo más allá de toda condición. Además, me han dado uno de los más grandes regalos de la vida: tres hermanos, cada uno de ellos maravilloso, cómplice y amigo.

Todos somos muy distintos, pero dentro de nuestras diferencias hemos encontrado la forma de complementarnos y de crear entre todos una familia unida, que nos respalda siempre, donde el amor es lo primero y la confianza y los buenos deseos para los demás priman por encima de todo. No somos perfectos, eso lo sé y es obvio, pero no cambiaría por nada del mundo lo que hemos construido y, de hecho, lo que seguimos construyendo.

He estado lejos de ellos cerca de tres años y medio, porque me lancé a la aventura de vivir lejos de mi país, pero incluso ahora seguimos juntos, son parte esencial de mi día a día y han sido un gran respaldo durante todo este tiempo en el que han pasado muchísimas cosas: mi padre ha sorteado con valentía algunos contratiempos de salud, mi madre se fortalece como el motor que mantiene en perfecto funcionamiento nuestra familia y crea día a día proyectos de diferente índole aprovechando todos sus talentos; uno de mis hermanos empieza a abrirse campo en el mundo de los negocios con su propia empresa, otro se casó hace poco y está en la labor de construir un proyecto de pareja y profesional a largo plazo; y el menor, terminó sus estudios de bachillerato y logró pasar a la universidad para estudiar la carrera que tanto anhelaba.

Por supuesto, a esta familia ha venido a sumarse mi esposo, un hijo adoptivo como dicen en mi casa, aportando sus valores y su visión particular del mundo. Es amigo y confidente en algunos casos, consejero y guía en otros, compañero de juegos y deportes cuando puede y luchador incansable cuando se trata de poner en discusión las ideas, proyectos y pensamientos particulares.

Ahora llegan Simón y Sofía… la familia crece y el amor se multiplica.

Sin embargo, sobre la familia también debo anotar otras cosas muy importantes para mí:

• Sé que la familia va más allá de este núcleo pequeño porque están los abuelos, los tíos, los primos… con cada uno ellos tenemos una historia particular: unos son más cercanos que otros, unos más amigos, algunos nos quieren más, otros siempre han sido nuestros favoritos; hay otros que, por diferentes circunstancias de la vida, del destino o de la distancia hemos perdido de vista. En fin, son los lazos de la sangre que se reconstruyen por la fuerza del corazón y nos dejan otra parte esencial de la que sentimos como familia.

• Ahora tengo una nueva familia, que también siento como propia, que es la familia de mi esposo, con sus particularidades, sus grandes talentos, sus maneras respetuosas, sus rituales maravillosos, su amor, sus sueños…

• En este viaje, sobre todo, he encontrado otros integrantes esenciales de la que siento como mi familia… Una familia que va más allá de la sangre, pero que está tan metida en el corazón que espero que no haya nada en el mundo que pueda romper ese lazo.

martes, 11 de agosto de 2009

Ondas en mi vientre

Ya estoy en la semana 32 del embarazo de Sofía y Simón y ellos siguen creciendo a gran velocidad. Ahora estarán de 1800 gramos aproximadamente y la redondez de mi barriga es cada vez más impresionante, pero yo sigo bien, feliz, saludable y con energía.

Cada día es una gran sensación mirarme en el espejo pero, sobre todo, lo más impresionante son las emociones que me invaden cuando veo las ondas que pasan por mi vientre. Sus movimientos son tan suaves, tan inesperados, tan propios, tan increíbles… hay tanta vida en mí, tanto amor, tantas esperanzas, tantos sueños que cada vez que se mueven los pequeñines, mi corazón se agita, se alegra, se conmueve, late más rápido.

Cuando los miro desde afuera y los siento por dentro, me dan ganas de llorar de emoción. A veces, me parece imposible el milagro de la vida, que ese milagro esté dentro de mí multiplicado por dos. Es una gran fortuna poder vivir esta historia, sentir cómo día a día se abren paso a la vida, se van fortaleciendo, van adoptando sus formas y se preparan para ver la luz, el mundo exterior. Un mundo lleno de contrastes pero que, ante todo, los espera lleno de amor, ternura, buenas energías y grandes expectativas.

Aunque todavía no han nacido, el nombre de nuestros pequeñines ya figura en la lista de invitados a las reuniones familiares que se realizan en Colombia; su presencia está en la mente de mis tías cuando salen de compras por Miami o Nueva York; adoptan la forma de camisitas, escarpines o gorros en las manos de las tías de mi esposo que están bordando ropa para ellos; toman forma en la imaginación de mi padre que se sueña corriendo detrás de ellos cuando está en la finca o en la casa; se ven como príncipes dentro de los vestidos que está terminando de bordar y de coser mi madre para su bautizo; corren felices por la casa de los sueños que está construyendo su abuelo paterno; gatean por los corredores de la finca de su abuela paterna, mientras ella los mima y los consiente; sonríen embelezados para todos sus tíos que se mueren de ganas de tenerlos en brazos; y se convierten en lágrimas de emoción y alegría en los ojos de mi esposo cuando piensa que pronto podrá brindarles sus abrazos apretados y todo su amor en directo.

Ahora se mueven otra vez, creo que sienten todo el amor, están cómodos y tranquilos. Siguen creciendo y preparándose… mientras tanto, aquí afuera seguimos esperando y soñando con su llegada.