La verdad es que existen diferentes respuestas para cada una de las preguntas, pero hay una en particular que depende de ti, la última. Durante mucho tiempo me pregunté si a la hora de ser madre podría convertirme en una buena madre. Mi pareja tenía clara la opción de la paternidad, pero yo, en cambio, no dejaba de cuestionarme todo el tiempo esta opción.
Vemos tantos casos de niños que están descuidados, a los que les falta amor, para los que sus padres no tienen tiempo, que crecen sólo con la compañía de los abuelos o de alguna empleada e incluso vemos tantos jóvenes y adultos infelices y solitarios cuyas familias se han roto, los han dejado solos y nadie se preocupa por ellos (ni ellos mismos siquiera)…
Cuando tienes la posibilidad de construir un proyecto de pareja y de tomarte el tiempo para tomar concienzudamente todas las decisiones que tienen que ver con él, el caso de la familia y de los hijos hacen parte de muchas de las conversaciones y los planes compartidos. Dialogar abiertamente sobre este tema exponiendo las dudas, temores e ilusiones que te plantea la posibilidad de asumir la paternidad, es fundamental y básico.
Sin embargo, escuchar y aprender de la experiencia ajena siempre me ha parecido interesante. Por eso, alguna vez, le pregunté a un gran amigo, experimentado en la materia, qué pensaba sobre mis cuestionamientos, sobre mis dudas de convertirme en madre, de optar o no por la maternidad y él, a lo largo de seis interesantes y profundas páginas me planteó una serie de reflexiones y puntos de vista desde donde se podría abordar esa cuestión.
Recuerdo que me dijo que no hay una única respuesta, que depende de muchos factores (el proyecto de vida personal y de pareja, antecedentes genéticos, nuestra educación y valores, la capacidad económica, nuestros sueños…) y que sea cual sea la opción que tomemos debemos ser concientes de que se trata de una decisión que tiene consecuencias a larguísimo plazo (más de 20 ó 25 años, como mínimo) en diferentes aspectos de la vida y que es importante tener claro qué estamos dispuestos a ganar y perder en el proceso, saber que cuando nace un hijo nace una madre y también un padre (con todo lo que esto implica para la pareja, para la mujer), que para nadie es desconocido que en todo nuestro planeta termina siendo la madre la mayor responsable -real- de la crianza de los hijos, aún cuando los padres varones participen activamente…
Después de años de pensarlo muchísimo personalmente y de discutirlo con amplitud y paciencia con mi pareja, optamos por la paternidad y hoy estamos a las puertas de que sea más tangible el hecho de ser padres porque nuestros mellizos nacerán en menos de tres meses.
Por mi parte, estoy feliz con la decisión aunque respeto (y entiendo) profundamente a quienes deciden no tener hijos, pero cuando siento cómo se mueven en mi vientre, lo mucho que he disfrutado del embarazo porque ha sido buenísimo (con mucha salud y energía) y cuando sueño cómo serán los pequeños, las ilusiones, el amor y la felicidad no paran de crecer en mí.
Como pareja, sabemos que incluso hoy no tenemos todas las respuestas ni todas las certidumbres, pero lo que si tenemos claro es que vamos juntos en este gran proyecto y que estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos para ser los mejores padres que podemos ser. Sabemos que tenemos mucho amor que dar y que, sobre todo, intentaremos que nuestros hijos estén satisfechos de sí mismos y sean felices.
La aventura apenas comienza, aquí vamos…
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