La semana pasada, unos amigos muy queridos, nos enviaron la foto del primer día de colegio de su pequeña hija de 2 años y medio y nos contaron su experiencia como padres. Mientras ella se quedaba feliz de la mano de su profesora, ellos partían con lágrimas en los ojos y el corazón partido por dejarla sola allí.
Definitivamente el tiempo pasa rápido y los hijos lo hacen más evidente. Parece increíble cómo su vida toma un rumbo independiente, en el que cada paso les permite tener experiencias propias e ir construyendo su vida particular y única.
Desde hoy empiezo a hacerme a la idea de que aunque todavía están en mi vientre, mis dos hijos son seres independientes, a quienes -como padres- ayudaremos a tener una vida feliz y satisfactoria y tendremos el placer de verlos crecer. Claro que se trata de un proceso de total interacción, donde tendremos una gran responsabilidad… pero ojalá sin que perdamos de vista que ellos, al igual que nosotros, tomarán sus propias decisiones, serán autónomos, construirán su propia vida, escogerán su propia pareja, serán ellos mismos…
Creo que puedo ponerme en el lugar de mis amigos, en el paso que significa para su hija y para ellos dejarla sola en el colegio. Me imagino perfectamente el taco en la garganta y también las lágrimas que derramaron sin que ella los viera, por supuesto, para darle valor y que siguiera con su carita feliz para el cole. Estoy segura que llegado el momento me pasará lo mismo, pero lo positivo de toda la situación es que podremos ser testigos de ese maravilloso proceso que significa crecer.
El primer día de colegio es un gran reto para los padres y también para los niños porque se abre el mundo familiar, el íntimo al mundo externo. Sólo espero que la satisfacción de ver a los hijos progresar, escuchar cómo te explican lo que aprenden, entender cómo hacen sus deberes y descubrir cómo empiezan a hacerse un espacio en su entorno, compense un poco esa pérdida que significa no ser todo en su mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario