Esta es una cita de un poema de Borges llamado Laberinto. Todavía no logró saber por qué en medio de tantos poemas, de tantas letras vi esta maravillosa frase, la copié, la amplié y sigue siendo parte de mi vida porque me marcó para siempre. Incluso, ahora, se la doy a aquellos amigos solitarios que esperan o buscan a alguien.
Siempre me ha parecido que el amor es un milagro, una impresionante conspiración del universo que te permite coincidir con alguien en un momento, espacio y situación determinados para vivir una experiencia, un sentimiento, una relación.
El amor es posible siempre, prolifera a donde quiera que vayamos, pero es difícil coincidir. Cuántas veces nos ha pasado en la vida que alguien nos quiere, como soñamos, pero no estamos preparados para recibir, compartir y darle amor, bien sea porque: estamos con otra persona, tenemos la firme e irrevocable resolución de tomarnos un tiempo para estar solos, hemos hecho planes previos que nos impiden quedarnos a vivir ese amor o simplemente no sentimos lo mismo y no podemos corresponderle…
Muchas veces en mi vida me pasó. Viví aventuras de diferentes tipos, quise a personas en momentos oportunos e inoportunos, pude vivir amores a plenitud, amores a escondidas, amores no correspondidos, amores que quedaron aplazados en el tiempo para cuando fuera su momento y ese momento nunca llegó.
Con el tiempo encontré y descubrí que vale la pena arriesgarse por lo que quieres, pero que ese riesgo debe ser compartido por las dos personas, ambos tienen que estar dispuestos a vivir la aventura, porque si no es así al final de cuentas el amor no sobrevive y el corazón queda un poco resentido, triste, angustiado, culpable y solitario.
Soy una romántica sin remedio y un poco cursi, lo sé, y algún día después de ver “Novia fugitiva” terminé llorando desconsolada sin entender muy bien la razón, porque finalmente los protagonistas fueron felices y comieron perdices. Analicé la situación y mi tristeza, cogí un papel y escribí en él, sin parar, lo que quería: la relación que deseaba, el tipo de hombre con el que gustaría compartir mi vida, sus valores, sus detalles, todo lo que deseaba desde el corazón. El papel lo dejé en algún lugar de mis cosas y sólo volví a mirarlo unos años después… pero me sirvió para lanzar mis deseos al universo y esperar a que éste conspirara para que se hicieran realidad.
Algún día, me encontré con un loquillo, rockero, simpático, medio hippie e idealista que me habló del azul, de sus canciones, de sus historias. En un principio no pude verlo con claridad, me costó quitarme los prejuicios y ver la persona que era. El hombre que había descrito en mi papel.
Al cabo de tres meses de conversaciones, historias, de mirar en sus ojos verdes, de escuchar su forma de ver el mundo y expresar su verdad y de que me extendiera su mano para que la tomara o la dejara porque ya no aguantaba más y quería dejar de ser mi amigo para “tener algo conmigo”, me lancé titubeando y con dudas a la aventura de construir una historia a su lado.
Con el paso de los días comprendí que la espera había terminado. Él buscaba a alguien como yo, yo buscaba a alguien como él y Borges tenía razón. En algún lugar, tiempo y espacio hay alguien que espera encontrar a alguien como nosotros, alguien que nos busca y que talvez nos encuentre. Yo encontré mi ángel azul, me costó verlo, pero ahí estaba, dispuesto a arriesgarse y a volar conmigo.
Han pasado más de nueve años y sabemos que la espera terminó para los dos, nos encontramos y cada día disfrutamos de ese encuentro.
Es un milagro, pero los milagros existen y puede que para tantos solitarios que hay en el mundo, la espera esté a punto de terminar.
Me parece que esta historia ya me la habían contado... con otros matices, énfasis, quizá desde otro punto de vista. Sin embargo, hay historias que por más que te las cuenten no podemos dejar de divertirnos en ellas, con ellas. Yo me apunto a esta historia todas las veces que me invites...
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