El tiempo pasa rápido, no es ninguna novedad, y es algo que repetimos constantemente porque nos percatamos de que se escapa, se esfuma, corre y nosotros volamos con él, a veces sintiéndolo pasar y otras sin darnos cuenta.
Mi esposo y yo llevamos 3 años y medio viviendo en Barcelona. Vinimos porque queríamos estudiar y tener la oportunidad de vivir en primera persona lo que significa estar fuera de tu país, convivir con otra cultura, aprender de ella, conocer otros paisajes y otras formas de ver el mundo.
El tiempo se acaba o no… pero en menos de seis meses volveremos a nuestra amada Colombia para estar cerca de nuestras familias, retomar nuestras carreras profesionales, echar raíces (eso queremos) y hacernos a un sitio propio, un lugar que podamos llamar nuestro para compartirlo con nuestros dos hijos que están por nacer.
Mi mente y mis planes están en ambos lugares. Aquí, en Barcelona porque quiero disfrutar al máximo de este tiempo, de este último verano, de sus hermosos y contrastados paisajes y rincones, pero también en Colombia porque debemos organizar todos los detalles del retorno.
Ayer viendo la película “Un toque de canela” me conmovió muchísimo una escena en la que el protagonista, Fanis, después de 35 años de ausencia vuelve a su Estambul natal y se enfrenta a la pregunta de quien ha sido el amor de su vida (adapto el texto, según lo recuerdo):
“Ella: _ ¿Por qué durante todos estos años jamás regresaste?
Fanis: _Tenía miedo
Ella: _ ¿Miedo de qué?
Fanis: _Del momento en el que tendría que volver a partir”.
Por más que quise evitarlo mis lágrimas fluyeron porque empecé a sentir oprimido mi corazón al empezar a extrañar este tiempo en Barcelona que se ha convertido en una etapa única en mi vida: La culminación de un sueño, los primeros años de matrimonio, el lugar donde nacerán mis hijos, el encuentro de una nueva familia –adoptiva, pero que ya es propia-, la escritura de un capítulo de la existencia que no pesará en el alma porque quise hacerla realidad y lo logré…
No me he ido, el tiempo se escapa de las manos y ya echo de menos Barcelona y todo lo que significa para mí, para mi esposo, para mi vida. Me aferro a estos meses para prolongar la experiencia que ha significado poder vivir con intensidad y satisfacción a más de 8 mil kilómetros de la tierra natal.
Y desde ya pienso, cuándo volveremos...
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