Soy de una ciudad del interior de Colombia, rodeada de montañas que está a unos 800 kilómetros de distancia del mar, por lo que cualquier plan relacionado con la costa y la playa casi siempre está ligado a las vacaciones, a un largo viaje en coche o un costoso billete en avión; a una inversión importante, a un corto periodo de tiempo -una semana por lo general-. En definitiva, a un lujo que no siempre te puedes permitir.
Por todo ello, vivir ahora en una ciudad con mar es un privilegio maravilloso que le ha agregado un gran valor a la estancia en Barcelona y que, sin duda, será una de las cosas que más extrañaré cuando vuelva a mi tierra. Además, porque trabajo en la octava planta de un edificio construido a orillas del mar que todos los días me recibe con una vista única del mar y de la ciudad con todos sus contrastes.
Barcelona tiene la particularidad de tener dos tipos de playas. Una mas “tipo Caribe”, con arenas finas, amplias playas, un mar poco profundo, pero con olas divertidas. Hacia el otro lado, está la Costa Brava, un bello lugar con un mar que cuando te sumerges en él inmediatamente se hunde y no tocas el fondo, con arenas gruesas que te quitas fácilmente del cuerpo y con bellos paisajes costeros contrastados con montañas rocosas y zonas verdes.
Creo que no ha habido ocasión en la que vayamos a la playa con nuestros amados vecinos catalanes, en la que mi marido no les diga lo afortunados que son por vivir en esta bella ciudad, tan diversa y con tantas posibilidades, porque además en invierno la nieve y las pistas de esquí están a una hora de distancia, más o menos.
Ahora, aunque mi barriga está inmensa, estoy disfrutando igualmente de la playa y del mar porque sé que es nuestro último verano en Barcelona –al menos en las condiciones que tenemos ahora-, porque al meterme al mar me siento ligera como si no cargara a dos pececitos que navegan en mi vientre y porque no quiero dejar de sentir el amado Mediterráneo de Serrat, el mar que será la referencia del lugar donde nacerán mis hijos.
Una nostalgia azul me embarga, aunque me dispongo a planear un nuevo fin de semana en la playa porque hay que disfrutar hasta el último segundo y sentir cómo me fundo con este inmenso y hermoso paisaje azul.
Me encantan tus montoncitos de historias. Maria isabel
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